lunes, 8 de abril de 2013

RELATO DE LUIS RAMIREZ...Otra mirada de nuestra historia.

Mapa Español del siglo XVI que dá cuenta de la existencia del fuerte Sancti Spíritus.


Carta de Luis Ramírez a su padre.
Puerto de San Salvador, 10 de Julio de 1528.

Señor: — Si conforme á mi voluntad las cosas de acá la mano alargase, por muy más prolixo de lo que soy de Vuestra Merced sería tenido, según la voluntad que tengo de dar entera y particular cuencta de todo; pero no por eso dexaré, como quiera que supiere, de dar alguna relación, ansí de alguna parte de los muchos trabajos que hemos padecido, y por ser ya muy hechos á ellos no digo padecemos, como de la mucha alegría que con el muy buen fin dellos, placiendo á Dios Nuestro Señor, esperamos; y suplico á Vuestra Merced que conforme al amor que siempre me tuvo vea esta carta y lo que en cada cosa puede sentir, y no mire Vuestra Merced á la tnala orden del escrebir, que como ha tancto que no lo hago, estando en esta tierra he perdido el estilo. Yo, gracias á Nuestro Señor, al cabo de tanctas fatigas y trabajos, como Vuestra Merced verá por ésta por mí han pasado, estoy muy bueno de salud, mejor que nunca estuve, lo cual tengo por muy cierto ser la causa las continuas oraciones de Vuestra Merced, juntamente con las de mi señora, á la cual suplico no cesen, porque agora son más menester que nunca, para que Dios Nuestro Señor nos dé gracia de acabar esto que tenemos entre manos empezado. Que sean Vuestras Mercedes ciertos, si Dios allá me vuelve, volveré de arte con que pueda servir las muchas mercedes que siempre he recibido, y al presente espero recibir, y esto pueden Vuestras Mercedes tener por cierto, segund lo que esperamos, será ansí como digo, y á todo lo que Vuestras Mercedes oyeren de la bondad de la tierra, pueden dar entero crédito, porque yo les certifico no pueden decir tanto como es y por nuestros mismos ojos habemos visto.



Señor: partidos que fuimos de la barra de Santlúcar y salidos de la dicha barra, á tres días del mes de Abril de 1526 años, para nuestro viaje, llevando nuestra intención y derrotas á la isla de la Palma, una de las islas de Canaria, para allí proveer las naos de aguaje y leña é todo lo que hobiesen menester, é proveermos la gente del armada de otros refrescos para proseguir nuestro viaje, á la cual dentro en siete días siguientes, llevando muy próspero viento, llegamos á diez días del dicho mes, y luego el señor Capitán General mandó sacar los bateles de las naos y dio licencia para que toda la gente podiese saltar en tierra. Estuvo el señor Capitán General en Fayal 17 días, dentro de los cuales las naos recibieron su aguaje y leña, la gente del armada se proveyó de mucho refresco, ansí de carne é vino como de queso é azucare é otras cosas muchas que llevábamos necesidad, á cabsa de ser todo muy bueno é barato aquí. La gente desta tierra nos hizo mucha cortesía, que por Dios el que no llevaba uno de nosotros á su casa no se tenía por honrado.



De allí escribí á Vuestra Merced todo lo que me había subcedido fasta entonces, é bien créalas, ca fueron ciertas, por ser persona conoscida, que era un hermano de Cristóbal de la Peña. Pues fecho allí todo lo necesario, el señor Capitán General hizo embarcar toda la gente, y viernes, que fueron veintiocho días del mes, hicimos vela con muy buen tiempo. Navegamos todo el mes de Mayo, á las veces con tiempo é otras veces con contrario, é otras con muchos aguaceros que sobre la costa de Guinea hobimos, á las veces veníamos con tiempo é otras con calmerías, que nos detuvieron algunos días, donde pasamos mucho trabajo de sed, á cabsa de ser la ración muy pequeña, é plugo á Dios de nos dar buen tiempo, con que pasamos la liña equenocial, caminando por nuestra derrota fasta tres días del mes de Junio, que desque vimos tierra, é vista por los que sabían, reconocieron estar en la costa del Brasil al cabo de Sant Agustín, tierra de Portogal. En este paraje estovimos dos días, al cabo de los cuales tornamos hacer vela para salimos á la mar y apartarnos más de la costa y seguir nuestro viaje. Cuando otro día pensamos haber navegado adelante, nos hallamos atrás más de doce leguas, en que por el altura nos hallamos en el paraje de Peranabuco, la misma costa junto á tierra, y esto lo causó sernos el viento algo escaso y la corriente mucha; y el señor Capitán General, viéndose en la costa y el viento contrario, acordó de proveer el armada de agua, que tenía mucha necesidad para pasar adelante, y para esto le fué forzado enviar la carabela y con ella al piloto de la nao capitana y un batel, y que fuesen á buscar por la costa algún río dulce; y estando en esto, vino á la nao capitana de esta armada una canoa de indios, en la cual venía un cristiano, y el señor Capitán General fué informado del qué tierra era donde estábamos é dixo cómo se llamaba Peranabuco é quel Rey de Portogal tenía allí una fatoría para el trato del Brasil, en la cual había fasta trece cristianos portugueses de nación, de los cuales fué bien servid > el señor Capitán General en las cosas que para la armada tovimos necesidad; en fin, que á causa de los tiempos contrarios que siempre tovimos, estovimos en la dicha costa sin tener una hora de tiempo para poder salir; y en el tiempo que aquí estuvimos tomamos algo de la manera de la gente y tierra de ella.



Hay en la tierra muchos mantenimientos de maíz mandio, que son unas raíces de que se hace mucha buena harina blanca: cómenla con pan, hecha harina tostada.

Hay otras raíces que se dicen patacas: cómense cocidas, y asadas son muy buenas; muchas calabazas, frisóles, habas, gallinas, papagallos muy buenos: de todo esto llevó la jente mucha cantidad.


La gente de esta tierra es muy buena é de muy buenos gestos, ansí los hombres como las mujeres: son todos de mediana estatura, muy bien proporcionados, de color de canarios, algo más escuro, de todos, ellos y ellas, se derraen de los pelos del cuerpo todo, salvo los cabillos, que dicen que los que tal no hacen son bestias salvajes; ellos son muy ligeros é muy buenos nadadores; sus armas son arcos é frechas, lo cual tienen en mucho; é si cuando van á la'guerra toman alguno desús con:trarios, tráenlo por esclavo y átanlo muy bien y engórdanlo y danle una hija suya Pitra que se sirva y aproveche* della, y de questá muy gordo é se les antoja questá muy bueno para comer, llaman sus parientes é amigos, aunque estén la tierra adentro, empluman al dicho esclavo muy bien de muchos colores de plumas de papagallos y tráenlo con sus cuerdas atado en medio de la plaza, y en todo aquel día y noche no hacen sino bailar y cantar, ansí hombres como mujeres, con muchas danzas quellos usan; y después desto hecho, levántanse y le dicen la causa por qué le quieren matar, diciendo que también sus parientes hicieron otro tanto á los suyos, y álzase otro por detrás con una maza que tienen ellos de madera muy aguda y dánle en la cabeza fasta que lo matan; y en matándole, le hacen piezas é se le comen; é si la hija queda preñada del, hacen otro tanto de la criatura, porque dicen que la tal criatura también es su enemigo como su padre, y á la mujer dánle á comer la natura y compañones del esclavo que ha tenido por marido, é nó otra cosa. Todos estos indios desta tierra no tienen ningund señor, salvo algunos indios que los tienen por sus capitanes, por ser muy diestros é mañosos en la guerra. Uno déstos vino á la nao capitana á ver al señor Capitán General, el cual vino muy emplumado, como en la tierra se usa cuando vienen [á] algunas fiestas que ellos hacen: el señor Capitán General le dio cierto rescate, el cual fué muy contento. Estos indios de esta tierra se llaman tupisnambo; tienen guerra con otros comarcanos; lo mejor que tienen es nunca tener quistión unos con otros; su dormir dellos es en una red que ellos llaman hamaca, ques longa cuanto se puede echar un hombre é ancha cuanto se puede bien revolvec en ella y cubrirse el cuerpo: tiénenlas colgadas en el aire, y ansí se echan: son de hilo de algodón, que en esta tierra hay mucho. Y no pongo otras cosas particulares, porque sería cosa prolixa, sino que hombres y mujeres todos andan en cueros, sin ninguna cobertura.



El señor Capitán General viendo ya el tiempo enderezado y favorable para seguir nuestro viaje mandó alzar anclas día de señor San Miguel, que fueron á 29 días del mes de Septiembre de dicho año, y caminando, á las veces con buen tiempo, á las veces con contrario, hasta sábado 13 días del mes de Otubre, questando en la mar nos comenzó á calmar el viento que llevábamos, y comiénzase á levantar por proa un tan gran nublado que era gran espanto de ver, muy escuro y con tanto viento que casi no nos dejó tomar las velas, á que las hubimos de tomar á gran trabajo, é tras esto vino una agua tan grande que era maravilla, que parecía que todo el mundo se venía abajo, lo cual nos puso gran espanto, prencipalmente después que las naos comenzaron á jugar por las grandes olas que la mar hacía con el gran viento, á que ponía gran espanto á los que lo miraban, porque la nao andaba de tal manera á una parte y á otra que hacía entrar en las dichas naos mucha abundancia de agua, que á lo menos para nosotros las personas que nunca habíamos navegado, nos puso en tanto aprieto é congoxa como nunca pensamos ver y aún los diestros marineros experimentados en las tales tormentas pensaron ser esta la postrera que los atormentara, por las naos venir muy embarazadas, y á las naos deshicieron algunas obras muertas por darles más alivio: la nao capitana perdió el batel que traía por popa. Esta tormenta, de la manera que dicho tengo, y mucho peor, nos duró toda la noche hasta domingo, que amaneció el día muy claro con muy buen sol, como si no hubiera pasado nada, y así anduvimos hasta viernes siguiente 19 del dicho mes, que llegamos á surgir en una isla tras á una gran montaña, á causa de parecer al señor Capitán General ser aparejada de madera para hacer batel para la nao capitana, porque, como digo, en la tormenta pasada había perdido el suyo. Y estando en esto, vimos venir una canoa de indios, la cual vino á la nao capitana, y por señas nos dio á entender que había allí cristianos, lo cual aún no acabado de entender, el señor Capitán General les dio á estos indios algún resgate, los cuales fueron muy contentos, en que éstos indios, .según parece fueron por la tierra adentro y dieron nuevas de nuestra venida, de manera que otro día de mañana vimos venir otra canoa de indios y un cristiano dentro della, el cual dio nuevas al señor Capitán General cómo estaban en aquella tierra algunos cristianos, que eran hasta quince, los cuales habían quedado de una nao de las que iban ala Especería de que iba por. capitán general el Comendador Loaísa, y quellos iban en una nao de que iba por capitán don Rodrigo de Acuña, y porque la dicha armada se había desbaratado en el Estrecho y ellos no quisieron volver á España, su capitán los había dejado allí; y también dijo de otros dos cristianos, que se decían Melchor Ramírez, vecino de Lepe, y Enrique Montes, los cuales dixo habían quedado de una armada de Juan Diez de Solís, que en este río donde agora nosotros estamos los indios habían muerto y desbaratado, y que había más de trece ó catorce años que estaban en aquella tierra y que estaban 12 leguas de allí, los cuales dichos cristianos, como de los indios supieron estar allí armada de cristianos, y luego el Enrique Montes vino á la nao capitana, y hablando en muchas cosas con el señor Capitán General de cómo habían quedado en aquella tierra, vinieron á decir lo que dicho tengo; y también la gran riqueza que en aquel río donde mataron á su capitán había, de lo cual por estar muy informados á causa de su lengua de los indios de la tierra de muchas cosas, las cuales diré aquí algunas dellas; y era que, si le queríamos seguir, que nos cargaría las naos de oro i plata, porque estaba cierto que entrando por el Río de Solís iríamos á dar en un río que llaman Paraná, el cual es muy caudalosísimo y entra dentro en este de Solís con 22 bocas, y que entrando por este dicho río arriba no tenía en mucho cargar las naos de oro y plata, aunque fuesen mayores, porquel dicho río de Paraná v otros que á él vienen á dar iban á confinar con una sierra a donde muchos indios acostumbraban ir y venir, y que en esta sierra había mucha manera de metal, y que en ella había mucho oro y plata, y otro género de metal, que aquello no alcanzaba que metal era, mas de cuanto ello no era cobre, é que de todos estos géneros de metal había mucha cantidad, y questa sierra atravesaba por la tierra más de ducientas leguas, y en la halda della había asimesmo niuchas minas de oro y plata y de los otros metales.



Y este dicho día sobre tarde vino á la mesma nao capitana el dicho Melchor Ramírez, su compañero, porque al tiempo que supieron nuestra venida no estaban juntos, y como cada uno lo supo, lo puso por obra la venida. Este también dixo mucho bien de la riqueza de la tierra, el cual dixo haber estado en el Río de Solís por lengua de un armada de Portugal, y el señor Capitán General por más se certeficar de la verdad desto les preguntó si tenían alguna muestra de aquel oro y plata que decían, ú otro metal que decían, los cuales dixeron quellos quedaron allí siete hombres de su armada, sin otros que por otra parte se habían apartado, y que destos ellos dos solos habían quedado allí estantes en la tierra; y los demás, vista la gran riqueza de la tierra, é cómo junto á la dicha sierra había un rey blanco que traía ba.v.. .(roto) vestidos como nosotros, se determinaron de ir allá, por verlo que era, los cuales fueron y les enviaron cartas; y que aún no habían llegado á las minas, más ya habían tenido plática con unos indios comarcanos á la sierra, é que traían en las cabezas unas coronas de plata é unas planchas de oro colgadas de los pescuezos é orejas, é ceñidas por cintos, y les enviaron doce esclavos y las muestras del metal que tengo dicho, y que les hacían saber cómo en aquella sierra había mucha riqueza y que tenían mucho metal recogido, para que fuesen allá con ellos, los cuales no se quisieron ir á causa que los otros habían pasado por mucho peligro, á causa de las muchas generaciones que por los caminos que habían de pasar había; é que después habían habido nuevas que éstos sus compañeros, volviéndose á do ellos estaban, una generación de indios que se dicen los Guarenís los habían muerto por tomarles los esclavos que traían cargados de metal, lo cual nosotros hallamos agora por cierto en lo que descubrimos por el Paraná arriba, como adelante diré á Vuestra Merced; y luego el señor Capitán General les dixo le enseñasen lo que decían les habían enviado SUS compañeros: los cuales dixeron que cuatro meses, poco más ó menos, antes que allegásemos á este puerto de los Patos, que así se llamaba do ellos estaban, llegó al dicho puerto una nao en la cual venía por capitán el dicho Don Rodrigo que á Vuestra Merced digo, al cual dieron hasta dos arrobas de oro y plata y de otro metal muy bueno, con una relación de la tierra para que lo llevase á S. M. y fuese informado de tierra tan rica, y que al tiempo que se lo entregó en el batel para llevarlo á la nao, el batel se anegó con la mucha mar que había, de manera que se perdió todo, y que entonces se habían ahogado con el dicho batel quince hombres, y quél escapó á nado y con ayuda de los indios que entraron por él, que á la causa no tenían metal ninguno, salvo unas cuentas de oro y plata, y que por ser la primera cosa que en aquella tierra habían habido lo tenían guardado para dar á Nuestra Señora de Guadalupe, las cuales dieron al señor Capitán General, y las de oro eran muy finas, de más de 20 quilates, según pareció; y que si el señor Capitán General quería tocar en el dicho Río de Solís, que ellos irían con sus casas é hijos y nos mostrarían la gran riqueza que había en él, y el señor Capitán General respondió que era otro su camino.



E por la mucha necesidad que del batel había para la dicha nao capitana, se les preguntó si había por ahí cerca alguna montaña donde hubiese buena madera para el dicho batel, y respondieron que allí junto á do estábamos surtos, tras aquella montaña alta, había muy buen lugar, y luego el señor Capitán General mandó ir á sondar la entrada y puerto á un piloto y un maestre, las dos personas en tal caso más sabias y de quien más crédito en este caso se hubiese de dar: los cuales vieron la dicha canal y la sondaron, y vueltos, dixeron al señor Capitán General cómo le habían todo sondado, y que podían entrarlas naos muy bien y sin ningún peligro: lo cual pareció al contrario, porque como la nao capitana se hizo á la vela de adonde estaba surta, el Domingo día de San Simón y Judas, que fueron 28 de Otubre del dicho año, al pasar que quiso para entrar tras la montaña, la dicha nao capitana tocó en un bajo, y luego se trastornó á la una banda, de manera que no pudo más ir atrás ni adelante, á que nos vimos todos los que en la dicha nao veníamos en mucho peligro de las vidas á causa de andar la mar algo levantada; mas, plugo á Nuestra Señora de nos salvar, de manera que ninguna persona pereció: todavía se salvó alguna parte de lo que en ella venía. Aquí perdí yo mi caxa con algunas cosas dentro en ella, que me han hecho harta falta por haberse alargado el viaje más de lo que pensábamos; y luego el señor Capitán, viendo la nave perdida, se pasó á otra nao, y de allí, como digo, se puso mucha diligencia por salvar lo que en ella venía; mas, como á Vuestra Merced digo, no fué tanto cuanto quisiéramos.



E luego el señor Capitán General determinó de entrarse en el río con las otras naos que le quedaban antes que las tomase algún temporal que las hiciese daño, y después de entradas en el dicho puerto y amarradas las naos como convenía, y luego el señor Capitán General procuró de saltar en tierra é poner por obra lo quc había acordado de hacer; luego hizo facer ciertas casas en tierra para que la gente que de la dicha nao se había salvado se recoxiese. El señor Capitán General viendo la mejor nao perdida y mucha parte del mantenimiento, y que la gente no se podría recoger en las otras dos naos, por ser mucha, acordó de hacer una galeota que pescase poca agua é que fuésemos en descubrimiento del dicho Río de Solís, pues éramos informados de la mucha riqueza que en él había, porque en esto se hacía más servicio á S. M. que en el viaje que llevábamos de la manera que esperábamos ir.



Esta isla era muy alta de arboleda, había en ella cinco ó seis casas de indios, y después que á ella llegamos hicieron muchas más, porque de la tierra firme vinieron muchos é hicieron sus casas. Estos indios trabajaron mucho, ansí [en] hacer las casas para la gente como en otras cosas necesarias. En esta isla había muchas palmas; en este puerto nos traían los indios enfenito bastimento, ansí de faisanes, de gallinas, pavas, patos, perdices, venados, dantas, que de esto todo y de otras muchas maneras de caza había en abundancia, y mucha miel, y otras cosas de mantenimientos, lo cual todo se resgataba por mano de Enrique Montes, por saber la calidad de los indios mejor que otro, por se haber criado entrellos.



Las frutas desta tierra son muy desanidas y pocas: todo el mantenimiento,

es como lo de Pernambuco, y la gente de la misma manera y condición, salvo que aquí las mujeres casadas traen unas mantecicas pequeñas de algodón, de manera que no andan tan deshonestas como las que arriba dixe. En este puerto estuvimos tres meses y medio, dentro de los cuales se acabó de hacer la galeota, aunque antes se acabara de hacer si no enfermara toda la gente, que era la tierra tan enferma que á todos los llevó por su rasero, que yo doy mi fe á Vuestra Merced que, según la gente cayó de golpe, bien pensamos peligrara la mayor parte; allí se nos murieron cuatro hombres, y otros de los que salieron malos en seguimiento de nuestro viaje. A Juanico tuve aquí muy malo, y tanto y en tanta manera, que doy mi fe á Vuestra Merced que pensé se fuera su camino; pasé con él harto trabaxo á cabsa del poco refrigerio que había. Yo, gracias á Nuestra Señora, me hallé muy bueno en esta tierra, que jamás caí malo, ni me dolió la cabeza en ella; mas, no me duró mucho, porque hago saber á Vuestra Merced que en el mesmo día que deste puerto de Santa Catalina, que así se le puso nombre, salimos, que fué tan grande la enfermedad que me dio, que bien pensé ser llegado mi fin. Así que, señor, después de acabada la dicha galeota, y recoxida toda la gente en las naos, y en ella, con todos los cristianos que allí hallamos, salimos con buen tiempo del dicho puerto á 15 días de Febrero del dicho año de 1527/ y dendc á seis días siguientes llegamos al Cabo de Santa María, ques á la boca del Río de Solís. Este río es muy cabdaloso; tiene de boca 25 leguas largas: en este río pasamos muchos trabajos y peligros, ansí por no saber la canal, como haber muchos baxos en él y andar muy alterado con poco viento, cuanto más que se levantan en él grandes tormentas, y tiene muy poco abrigo.


Digo de verdad á Vuestra Merced que en todo el viaje no pasamos tantos trabajos ni peligros como en cincuenta leguas que subimos por él hasta llegar á un puerto de tierra firme que se puso nombre San Lázaro. Yo vine de Santa Catalina hasta aquí en la galeota, y como mi enfermedad fué grande, y en ella había muy poco abrigo, pasé enfenitos trabajos, y tantos, que yo doy mi fe á Vuestra Merced no creo bastante lengua de hombre á poderles contar; mas, plugo á la Majestad Divina de me sacar dellos para meterme en otros mayores, como Vuestra Merced en esta carta adelante verá; mas, doile muchas gracias que á la fin de tantas fatigas nos ha dado gracia de descubrir tan rica tierra como ésta, como adelante Vuestra Merced verá. Como digo, en fin, que, señor, llegamos aquí domingo de Lázaro, que fueron 6 Abril del dicho año de 1527 años.



En este puerto estuvo el señor Capitán General un mes, dentro del cual las lenguas que traíamos se informaron de los indios de la tierra, y supieron cómo había quedado allí un cristiano captivo en poder de los indios de cuando habían desbaratado y muerto á Solís, el cual se llamaba Francisco del Puerto. Este, sabiendo de nuestra venida, vino luego hablar al señor Capitán General, y entre otras muchas cosas que le preguntó de la manera de la tierra y la calidad della, dio muy buena relación, y también de la gran riqueza que en ella había, diciéndole los ríos que había de subir hasta dar en la generación que tiene este metal; y porque las naos no podían pasar por el Paraná adentro, á cabsa de los muchos baxos que había, las dexó con treinta hombres de la mar para que buscasen algún buen puerto seguro do las metiesen, y también acordó Su Merced dejar en el dicho San Lázaro una persona con diez ó doce hombres para la guarda de mucha hacienda que allí quedaba, así de S. M. como de particulares, entre los cuales fui yo uno, á cabsa de no estar libre de mi enfermadad, que todavía me tenía muy fatigado. Y con toda la otra gente del armada en la galeota y carabela se recoxió el señor Capitán General para ir el Río Paraná arriba, y partió de San Lázaro á ocho días de Mayo del dicho año de 1527; y antes que Su Merced partiese, viernes de ramos, estando el tiempo muy sosegado y claro, obra de tres horas de la noche, se levantó un tiempo tan espantoso que aún los que estábamos en tierra pensamos perecer; pasaron las naos mucho peligro, y la una dellas hubo de cortar el mástel prencipal para la salvación de la dicha nao, y fué este tiempo tan temeroso que tomó la galeota questaba en el agua con dos amarras y las quebró, y en peso, como si fuera una cosa muy liviana, la saca del agua y la echa en tierra más de un tiro de herrón, de manera que para la tornar al agua hubo menester engenios. Así, como digo, partió deste puerto de San Lázaro el señor Capitán General, donde los que allí quedamos pasamos enfenitos trabajos de hambre, en tanta manera que no podría acabar de contarlo; mas, todavía daré aquí alguna cuenta á Vuestra Merced; y fué que, como quedamos con poco bastimento y en tierra despoblada, faltónos al mejor tiempo, de manera que nos hubimos de socorrer á la misericordia de Dios, y con hierbas del campo y nó con otra cosa nos sostuvimos mientras las hallábamos y teníamos posibilidad para irlas á buscar, que nos acontecía ir dos y tres leguas á buscar los cardos del campo y no los hallar sino en agua, á donde no los podíamos sacar; en fin, que nuestra necesidad llegó á tanto extremo, que de dos perros que allí teníamos nos convino matar el uno y comerle, y ratones los que podíamos haber, que pensábamos cuando los alcanzábamos que eran capones; y estando en esta necesidad me fué forzado, lo uno, por cumplir el mandado de la persona á quien el señor Capitán General había dexado allí; lo otro, por tener qué comer y no morir de hambre, de ir doce leguas del real en una canoa con unos indios á sus casas á resgatar carne y pescado, y en el camino se levantó un tiempo que nos tomó de noche en la mitad del río, de manera que yo hube de echar al río cuanta ropa llevaba y los indios sus pellejos, y aportamos á una isla que estaba en mitad del río, la canoa llena de agua, que fué el mayor misterio del mundo escapar.



En aquella isla estuvimos desde domingo hasta miércoles siguiente, á causa de andar todavía el río muy soberbio, que no podíamos salir, y en todo este tiempo yo ni los indios no comimos maldito sea el bocado, ni hierbas, ni otra cosa, que no la había ya: plugo á Nuestra Señora de amansar el río, y salimos y volvímonos á tierra más muertos que vivos, aunque, cierto, los que allí estaban pensaron que me había perdido. Allí se nos murieron dos hombres de los que quedamos, ni sé si de hambre ó de qué: verdad es que estaban algo enfermos, y así pasamos esta mala ventura hasta quel señor Capitán General envió la galeota por nosotros y por el hacienda que allí estaba para llevarnos donde el señor Capitán General tenía su asiento, que eran 60 leguas por el Paraná arriba, y allegó la galeota allí á San Lázaro víspera de Nuestra Señora de Agosto deste dicho año de 1527, y partimos de allí á 28 del dicho mes, y llegamos al Carcarañal, ques un río que entra en el Paraná, que los indios dicen viene de la sierra, donde hallamos quel señor Capitán General había hecho su asiento y una fortaleza harto fuerte para en la tierra, la cual acordó de hacer para la pacificación de la tierra. Aquí habían venido todos los indios de la comarca, que son de diversas naciones y lenguas, á ver al señor Capitán General, entre los cuales vino una de gente del campo, que se dicen Quirandíes; esta es gente muy ligera; mántiénense de la caza que matan, y en matándola, cualquiera que sea, le beben la sangre, porque su principal mantenimiento es, á causa de ser la tierra muy falta de agua. ILsta generación nos dio muy buena relación de lá sierra y del Rey blanco, y de otras muchas generaciones disformes de nuestra naturaleza, lo cual no escribo por parecer cosa de fábula, hasta que, placiendo á Dios Nuestro Señor, lo cuente yo como cosa de vista y nó de oídas.



Estos quirandíes son tan ligeros que alcanzan un venado por pies; pelean con arcos y flechas y con unas pelotas de piedra redondas como una pelota y tan grandes como el puño, con una cuerda atada que la guía, las cuales tiran tan certeras que no yerran á cosa que tiran: éstos nos dieron mucha relación de la sierra y del [rey] blanco, como arriba digo, y de una generación con quien ellos contratan, que de lá rodilla abajo que tienen los pies de avestruz; y también dijeron de otras generaciones extrañas á nuestra natura, lo cual, por parecer cosa de fábula, no lo escribo. Estos nos dijeron que de la otra parte de la sierra confinaba la mar, y según decían, crecía y menguaba mucho y muy súpito, y según la relación que dan, el señor Capitán general piensa ques la Mar del Sur; y á .ser ansí, no menos tiene este descubrimiento quel de la sierra de la plata, por el gran servicio que S. M. en ello recibirá.



En la comarca de la dicha fortaleza hay otras naciones, las cuales son: Carcarais y Chanaes y Beguas y Chanaes-Timbús y Timbús [que son] de diferentes lenguajes.

Todos vinieron á hablar y ver al señor Capitán General: es gente muy bien dispuesta; tienen todos horadadas las narices, ansí hombres como mujeres, por tres partes, y las orejas; los hombres horadan los labios por la parte baja: déstos, los Carcarais y Timbús siembran abatí y calabazas y habas; y todas las otras naciones no siembran, y su mantenimiento es carne y pescado.


Aquí con nosotros está otra generación, que son nuestros amigos, los cuales se llaman Guarenís y por otro nombre Chandris: éstos andan derramados por esta tierra y por otras muchas, como cosarios, á causa de ser enemigos de todas estotras naciones y de otras muchas que adelante diré: son gente muy traidora, todo lo que hacen es con traición; éstos señorean gran parte desta India y confinan con los que habitan en la sierra. Estos traen mucho metal de oro y plata en muchas planchas y orejeras y en hachas, con que cortan la montaña para sembrar: éstos comen carne humana. Nuestro mantenimiento en esta tierra es y ha sido desde postrero de Mayo del dicho año, que nos faltó el mantenimiento de Spaña, cardos y pescado y carne, y esto á ventregadas; el pescado desta tierra es mucho y muy bueno; es tal y tan sano cual nunca los hombres vieron, que con venir todos ó los más enfermos y hinchados de diversas maneras de enfermedades, con tener dieta con pescado y agua hasta hartar, en menos de dos meses que allí llegamos estábamos todos tan buenos y tan frescos como cuando salimos de Spaña, y mientras en esta tierra habemos estado no [ha] adolecido ninguno de nosotros. Es la tierra muy sana y muy llana, sin arboledas; hay en ella muchas maneras de cazas, como venados y lobos y raposos y avestruces y tigres: éstos son cosa muy temerosa; hay muchas ovejas salvajes, de grandor de una muleta de un año, y llevarán de peso dos quintales; tienen los pescuezos muy largos á manera de camellos; son extraña cosa de ver: allá invía el señor Capitán General alguna á S. M.



Mientras estuvo aquí el señor Capitán General hizo calar esta tierra para ver si se podría caminar por ella, porque decían era por allí el camino muy cerca, y la relación que trujeron fué que era despoblada y que no había agua en toda ella en más de cuarenta leguas; y á la causa el señor Capitán General mandó á las lenguas se informasen de toda la tierra y del camino más cercano á la sierra; y, en fin, que al cabo de se haber bien informado de todo, dijeron al señor Capitán General que el mejor camino y más breve era por el Río del Paraná arriba y de allí entrar por otro que entra en él, que se dice el Paraguay; y luego el dicho señor Capitán General puso en obra el dicho camino, y primero mandó meter toda la hacienda en la dicha fortaleza, y mandó al capitán Gregorio Caro que con treinta hombres quedase en ella para guardar la dicha fortaleza y lo que en ella quedaba; y esto hecho, mandó el señor Capitán General embarcar toda la otra gente en la galera y un bergantín, que allí se había hecho; y en 23 días del mes de Diciembre del dicho aflo, que fué víspera de Navidad, ese día anduvimos muy poco por calmarnos e^ viento; luego otro día se hizo vela é llegamos á una isla, la cual se puso nombre de Año Nuevo, por llegar allí á tal día.



De aquí envió el señor Capitán General el bergantín é con él al teniente Miguel Rifos con hasta 35 hombres para que fuese á dar una mano á los Timbús, una generación de las que arriba dije, la cual era contraria á estos indios que con nosotros traíamos; y la causa fué que los dichos indios habían venido á la dicha isla á ver al señor Capitán y le habían traído cierta cantidad de millo cada uno dellos, y el señor Capitán General les había dado á cada urfb dellos algunas cuentas menudas, por ser poca la cantidad del millo que habían traído, y ellos desto fueron algo enojados, diciendo que les habían de dar otra cosa mejor, en que fueron al bergantín, questaba algo apartado de nosotros, é quisieron frechar los indios que con nosotros traíamos, questaban cabe el bergantín; é ansí pasaron buen trecho de la galera, amenazando al señor Capitán General, diciendo que iban muy enojados del y que se los había de pagar; é visto esto por el señor Capitán General, invió el dicho bergantín, como tengo dicho, por temor que, yendo de la manera que iban, no hiciesen alguna bellaquería á la fortaleza tomándolos sobre seguros.



El bergantín ido amaneció sobre sus casas é luego saltamos en tierra y los cercamos dentro en las casas y les entramos dentro y sin ninguna resistión que ellos hiciesen, que como vieron que éramos cristianos, no tuvieron ánimo para levantarse ni para tomar arco ni frecha. En fin, que matamos muchos dellos y otros se prendieron y les tomamos todo el millo que en la casa tenían é cargamos el bergantín y quemámosles las casas; los indios que con nosotros iban vinieron cargados de esclavos de los dichos Timbús y con mucho millo, y ansí nos volvimos adonde habíamos dejado la galera, donde nos recibieron con mucha alegría, y más cuando vieron el buen recado de abatí que traíamos. Aquí en esta jornada obró Dios conmigo milagrosamente, y fué que yo iba en una canoa de indios con la lengua y de noche se nos trastornó la canoa con cuanto en ella iba, y yo armado y con la espada ceñida hube de bajar á ver cuan fondo era el río, y plugo á la Majestad Divina que torné á salir arriba y me así al bordo de la canoa, é así fui gran trecho por el río hasta que salimos en tierra y me entré en el dicho bergantín; muchos que me vieron caer, como sabían que no sabía nadar, me tuvieron por perdido: en fin, que Nuestra Señora lo hizo mejor conmigo.



Las mujeres destos Timbús tienen por costumbre de cada vez que se les muere algún hijo ó pariente cercano se cortan una coyuntura de un dedo, y tal mujer hay dellas que en las manos ni en los pies no tienen cabeza en ningún dedo, y dicen lo hacen á causa del gran dolor que sienten por muerte de tal persona.



De aquí partimos, do fuimos de isla en isla hasta llegar á una isla do había tantas garzas que pudiéramos henchir los navios que llevábamos dellas: allí tomamos algunas, que por tener el viento bueno no paramos más. Ansí caminamos por este río, el cual tiene de anchura doce leguas é catorce é por lo más angosto cinco leguas. Este río hace en medio muchas islas, tantas que no se pueden contar, todo de muy buena agua dulce, la mejor y más sana que se puede pensar; baxa la tierra adentro más de trescientas leguas. Así anduvimos, como dicho tengo, el río arriba, de isla en isla, hasta llegar á una generación que se decían Mepenes, donde habían muerto cuatro cristianos de nuestra armada que en una carabela que había subido por allí arriba venían: todo este camino anduvimos algunas veces á la vela, otras veces á toas, con harta fatiga que la gente pasó con el poco bastimento que entonces traíamos, porque las canoas que con nosotros venían pescando se habían vuelto á Sant Spíritus con los esclavos que llevaban de los Timbús, en quel señor Capitán General acordó de dar á la gente á tres onzas de harina de una pipa que para las tales necesidades traía; é así estuvimos con este tiempo algunos días surtos por no hacernos tiempo para el viaje que llevábamos, c á las veces andando á toas, todo este tiempo, con mucha fatiga por la mucha hambre que pasábamos, como por mucho trabajo que teníamos; y no nos duró mucho tiempo que la dicha ración no la abajaron á dos onzas, por cabsa y temor que el viaje no fuese más largo que pensábamos, en que las dos onzas daban tan tasadas que casi no había una buena, en que íbamos de isla en isla pasando mucho trabajo, buscando hierbas, y éstas de todo género, que no mirábamos si eran buenas ó malas, y el que podía haber á las manos una culebra ó víbora é matarla, pensaba que tenía mejor de comer quel Rey; y aconteció algunas personas andar á buscar víboras, que las hay muchas y muy grandes y muy emponzoñosas, y matarlas y comerlas, como tengo dicho.



Con esta tan fiera pasión estuvimos parados algunos días sin ir adelante por no haber tiempo, porque no andábamos sino una legua ó media legua cada día á toas con mucho trabaxo, á cabsa quel poco comer nos fatigaba en tanta manera que muchas personas se dexaban descaer, que no teníamos otro bien sino cuando la galera llegaba [á] alguna isla de saltar della y como lobos hambrientos comer de las primeras hierbas que hallábamos, no mirando, corrió arriba digo, si eran buenas ó malas, y cocíamoslas así sin otra substancia .sino con sola agua, y ansí las comíamos, á tanto, que muchas veces aconteció venir muchas personas haciendo bascas y echando cuanto en el cuerpo tenían de haber comido alguna fruta, como si fuera ponzoña, y les daban luego aceite que bebiesen, con lo cual se les amansaba. Ansí que con este trabajo que digo á Vuestra Merced pasamos la boca del Paraguay, un río muy caudaloíso, que va á la dicha sierra de la plata, en que ya no nos quedaban más de 15 ó 20 leguas hasta llegar á las dichas caserías, las cuales se nos antojaron más de quinientas, porque en ellas pasamos tantos trabajos cuanto hombres nunca pasaron, por que ya la ración del harina se había acabado, lo cual puede Vuestra Merced pensar qué podríamos sentir, y habíannos dado ciertos días á dos onzas de garbanzos y á dos onzas de tocino; y esto acabado, nos dieron á medio pié de puerco por hombre. Finalmente, quel remedio que teníamos era como lobos hambrientos meternos por los bosques con las hachas en las manos é buscar algunas palmas, y el que era su ventura tal que no la hallaba, ayunaba, que no comíamos sino hierbas, que nunca los hombres tal comieron; y á cabsa de ser los bosques muy espesos recebíamos mucha fatiga en buscar la comida por ellos, aunque no se nos ponía delante temor de ninguna onza ni tigre, ni de otra fiera ninguna, de las cuales animalías toda esta tierra está muy poblada, que aún la galera no era bien llegada á tierra cuando todos saltábamos el que más presto podía á buscar lo que digo arriba; y algunas personas se metían tanto por los bosques, que no acertaban á tornar; y nos acontecía, cuando no hallábamos palmas, volver á donde la galera estaba, y si topábamos que alguno había hallado alguna, dar tras el íuero y á trozos llevarlo á la galera y picarlo, poco á poco, con un cuchillo grande ó con una hacha, muy menudo, y comerlo, que de aserraduras de tablas á ello había poca diferencia: y esto era muy contino en todos, que, por Dios, yo de mi parte creo comí de esta manera más de una arroba.



Estando en tal fatiga, como dicho tengo, el señor Capitán General había proveído seis ó siete días antes quel bergantín se adelantase é no cesase de andar noche ni día á puro remo hasta llegar á las dichas caserías de nuestros amigos para traernos ó enviarnos bastimento, pues la galera no podía subir por le ser los tiempos contrarios, sino como tengo dicho, en que después de allegado el dicho bergantín á las dichas casas, lo primero que hizo fué enviarnos hasta veinte canoas cargadas de bastimento de la tierra, las cuales allegaron al tiempo que en la tal necesidad estábamos, como tengo dicho, porquel socorro fué tal, que certifico á Vuestra Merced que, aunque vinieran cargadas de oro é de piedras preciosas, no fueran tan bien recebidas de nosotros como fueron en ser bastimentos para comer, que ya Vuestra Merced puede pensar el placer que en tal socorro recebiríamos. Luego con el socorro nos hizo el buen tiempo é pasamos adelante, aunque no nos duró mucho é nos volvimos á nuestras calmerías y viento contrario, pero ya no se nos daba mucho con tener al presente mantenimiento, é ansimismo venirnos siempre de día en día de las dichas caserías y en llevar indios con nosotros que siempre mataban pescado y nos traían á la galera, é desta manera llegamos á las caserías, las cuales eran de un indio principal que se decía Yaguarón, capitán ques de todas estas caserías que en esta comarca están, porque siempre tienen guerra con otros indios que están siete y ocho leguas el río arriba de su mesma nación. Y llegados á estas casas, así este mayoral como todos los otros mayorales de la tierra, nos trujeron mucho bastimento, así de abatí, calabazas, como raíces de mandioca é patatas é panes hechos de harina de las dichas raíces de mandioca muy buenos, lo cual todo nos sabía muy bien pensando en la hambre que habíamos pasado.



El señor Capitán General estuvo algunos días en este puerto, el cual se puso nombre Santa Ana, donde allegamos, é dentro de los cuales días recogió mucho bastimento de todas aquellas casas é asimesmo el bergantín de las otras casas de arriba, porque trujo mucha cantidad dello. A estos indios viraos traer muchas orejeras y planchas de muy buen oro y plata é asimesmo el bergantín vido otro tanto é más en las caserías de arriba, á las cuales envió el señor Capitán General á Francisco del Puerto, lengua, para que se informase de los dichos indios [de] do traían el dicho metal y quién se los daba; é ansí fué el dicho Francisco del Puerto, lengua, é vino é la relación que trujo fué que los Chandules, que son indios desta misma generación^ questán sesenta setenta leguas el Paraguay arriba, se lo daban por cuentas é por canoas que les daban, é que destas casas destos indios á las de los dichos Chandules por tierra por do ellos van hay seis jornadas, en que la mitad deste camino es todo alagunas é anegadizos.



El señor Capitán General pudiera aquí resgatar mucho oro y plata, é no lo hizo porque los indios no tuviesen pensamiento que la intención de nuestra ida era con cudicia del dicho metal é también porque pensábamos ir á la generación de los Chandules que dicho tengo; é Francisco, lengua, se informó que tenían mucho metal, porque, según los indios le decían, de las dichas caserías iban mujeres y niños fasta la dicha sierra é traían el dicho metal.



Luego el señor Capitán General puso por obra nuestra partida para subir por el dicho Paraguay á las dichas casas, pues por tierra era excusado, según la información [que] teníamos. En este puerto supo el señor Capitán General de ciertos indios cómo habían entrado ciertas naos en el Río de Solís é se habían juntado con las nuestras, lo cual el señor Capitán General ni nosotros no tuvimos en nada, porque pensábamos los indios no decirnos verdad, como en la verdad habían dicho muchas cosas que nos habían salido mentirosas; é así, salimos de este puerto el sábado de Lázaro, que fueron 28 días de Marzo, y estuvimos en él obra de 30 días.



Estos indios comen carne humana y son parientes é de la misma generación de los questán en la fortaleza de Santispritus con nosotros; é así, salidos del dicho puerto de Santana, bajamos el río de Paraná abaxo hasta [dicha boca del Paraguay, á la cual llegamos postrero día del dicho raes de Marzo. En el Paraná, de Santispritus hasta la dicha Santana, hay las generaciones siguientes: Mecoretais, Camaraes, Mepenes, y entrando la dicha boca de Paraguay hasta lo que por ella anduvimos hay las que diré: Ingatus, Beayes, Conamegoals, Bereses, Tendeaes, Hogaes: éstas las que confinan con el río que nosotros íbamos, sin las de la tierra adentro, ques cosa inumerable; son de diversos lenguajes; no siembran éstos ni los de Paraná; su mantenimiento es carne y pescado, y lo más natural es pescado, porque hay tanto en el río y péscanlo ques una cosa no creedera; su arte de pescar es cuando el río está bajo, con red, mas, cuando está crecido, que á causa de se meter el pescado en los yerbazales, no se pueden aprovechar de la red, mátanlo á la frecha, y esto en harta cantidad, y en esto lo puede Vuestra Merced ver que, como digo, su prencipal mantenimiento es pescados. Y así, entrados por la dicha boca del Paraguay, luego el mismo día vimos una canoa de indios, que nos dieron pescado, los cuales se decían Beoques, y ansí fuimos el río arriba, unas veces con viento, otras veces con toas, porque según el río hace las vueltas, no le puede servir ningún viento, sino solamente para caminar dos ó tres leguas por él, porque por fuerza es menester á remo ó á toas doblar las dichas vueltas. Luego el señor Capitán General procuró de enviar el bergantín adelante hasta que hallase la boca del río Hepetín, que en lenguaje de los indios quiere decir río barriente, é según los indios dicen viene de la sierra é que por él se acorta mucho el camino para ella, pero que no es navegable, por ser la corriente mucha.

Este río viene muy barriento, según los indios dicen y nosotros vimos, que no parece sino un poco de barro desleído con agua. E luego el señor Capitán General mandó al teniente Miguel Rifos que fuese en el dicho bergantín hasta llegar á una generación que dicen los Agaes, é hiciese paces con ellos, por questábamos informados partecipaban de mucho oro y plata, é allí esperase la galera; é el dicho bergantín se subió arriba con treinta hombres bien aderezados en él, y nosotros también poco apoco, por no poder andar sino cuanto á Vuestra Merced digo á poder de toas.
En este río tuvimos muy más entera relación de unos indios, los cuales habían venido del Uruay de contratar con los indios Chandules, que nos dijeron é certificaron haber entrado en el Río de Solís tres velas, las cuales decían que se estaban juntas con nuestros navios, en que, por esta relación é por la que en Santana supimos, dimos más crédito á que habían entrado naos en el dicho Río de Solís; y luego de ahí á dos ó tres días vimos venir el dicho bergantín que á los Agaes el señor Capitán General había enviado, el cual, aunque al presente, en viéndolo tuvimos mucho placer, después que llegó á la galera tuvimos mucho pesar, porque en él venía el contador Montoya, que había ido en el dicho bergantín, y venía mal herido de Trechas de los indios, é ansimesmo toda la gente que en él venía, porque como el dicho bergantín se fué arriba con el dicho teniente Miguel Rifos y Gonzalo Núñez, tesorero de Su Majestad, é el dicho contador Montoya, allegaron á la generación de los Agaes, los cuales habían alzado sus casas en saber su venida, é se habían metido por ciertos esteros en canoas, é que habían habido plática con una canoa dellos, la cual les habían dicho cómo los Chandules que más arriba estaban tenían mucho oro y plata, y así habían pasado adelante hasta las casas de los dichos Chandules que más arriba estaban, los cuales les recibieron muy bien é les trujeron mucho bastimento, en que estuvieron dos ó tres días con los dichos indios, en que al cabo no les traían casi bastimento ninguno, por causa de estar los indios muy solevantados é con mucho temor de que les iban á hacer mal en venganza de otros cristianos que ellos habían muerto, que eran los compañeros de Enrique Montes é Milchor Ramírez que dicho tengo habían entrado por tierra y habían llegado hasta allí y habían muerto á traición y quitado mucha cantidad de oro y plata, ansí que por este temor anda- ban siempre solevantados, en quel teniente Miguel Rifos hacía ir siempre á Francisco, lengua, á las dichas casas para que les hablase y con buenas palabras les dijese que nosotros veníamos á ser sus amigos é á darles de lo que llevábamos; á que como la malicia estaba en ellos muy arraigada, procuraron de ejecutar la malicia é mala intención que tenían, en que un día vinieron á llamar al dicho teniente para que fuese con ellos á las dichas sus casas, que allá le darían mucho bastimento, é que tanto se lo emportunaron, que hubo de ir con ellos hasta quince ó dieciseis hombres bien apercebidos, en que fué el dicho teniente y tesorero, y quedó el contador con la otra gente para guardar el bergantín y recoger lo que al dicho bergantín viniese; é idos, aún no se habían apartado hasta una milla del dicho bergantín, cuando del dicho bergantín oyeron muy grandes voces é ahullidos, é que no pudieron pensar qué cosa fuese, é enviaron allá á una persona del dicho bergantín de los que habían quedado en él para que mirase por qué habían dado é daban tales voces, la cual persona fué y nunca vino; é visto que no venía, enviaron otra, en que no hubo traspuesto por un gran montón de tierra alta que en frente del bergantín estaba, cuando le vieron venir muy corriendo y muchas frechas en cantidad tras él, é de que vieron los que en el bergantín estaban la cosa como pasaba, procuraron de echar luego el bergantín al agua, porquestaba medio varado, é salirse á lo largo, en que todo esto no lo pudieron tan presto hacer, que primero los indios no estuviesen encima dellos tirándoles muchas frechas en gran cantidad, en que les valió harto para ellos salvarse la ropa é munición que en tierra habían sacado á solear, porque se empacharon tanto en procurar cada uno de asir en parte dello, á que no les fatigaran en tanta manera, como si en aquello no se empacharan les fatigaran, á quel dicho bergantín se hizo al largo del río, é toda la gente que en él venía, herida, é algunos muy malamente, en que vieron andar á indios que en tierra andaban traían muchas armas é ropa de la gente que con el dicho teniente y tesorero habían ido, los cuales, según pareció cuando las voces daban, los habían muerto. Así se volvió el dicho bergantín á la galera con harta pena por venir todos heridos como venían, é con pensamiento que les salieran siempre indios á frecharlos en el camino, pues ya se habían desvergonzado.


Luego el señor Capitán General viendo el mal recado que había acontecido en el dicho bergantín, é que para subir arriba nos faltaba mucho mantenimiento, é más prencipalmente la nueva tan cierta que habíamos sabido de la venida de las naos al dicho "Río de Solís, acordó el señor Capitán General de volver abaxo, porque se temía que en la dicha armada vernía Cristóbal Jaques, capitán del Rey de Portugal, que otra vez, como tengo dicho, había venido á este Río de Solís, y prometió al dicho Francisco del Puerto, que allí hallamos, que volvería, é si fuese quel dicho Cristóbal Jaques había entrado en el dicho río, nuestras naos estarían en mucho aprieto, é la gente dellas, y, ansimesmo, si hubiesen subido arriba á la fortaleza no hubiesen recibido algún daño; é con este pensamiento nos volvimos el río abajo hasta el Paraná, en que en el camino vimos muchas casas nuevamente puestas en la ribera del dicho río, que nos dieron mucho pescado. E.stas naciones de indios que aquí encontramos son enemigos de los Chandules de arriba que nos habían hecho la dicha traición.



Caminando, pues, por Río de Paraná abajo, habiendo andado hasta treinta leguas de la boca del dicho Río de Paraguay, estando surtos en una isla por causa del mal tiempo que nos hacía, vimos asomar dos velas, que no pudimos pensar qué velas pudiesen ser. Luego envió el señor Capitán General allá una canoa con ciertas personas para que supiesen quienes eran; é venida la dicha canoa, dixo cómo era armada de nuestro Emperador, é que venía en ella por capitán general uno que se decía Diego García de Moguer, é luego vinieron el teniente del dicho capitán general é un contador de Su Majestad para hablar á nuestro General. Luego, otro día vino el dicho Diego García é sus oficiales que con él venían á comer á la galera con el señor Capitán General, y este día se concertaron de volver juntos á la dicha fortaleza, á causa de estar junto á ella y del poco mantenimiento que los unos y los otros traíamos, é abaxo hacer media docena de bergantines é tornar todos juntos á subir por el dicho río, é ansí vinimos juntos hasta la dicha fortaleza dentro con toda su gente, é luego procuró el señor Capitán General de tomar parescer sobre el concierto de dicho Diego García é su gente; el cual concierto no se acabó de hacer allí ni se ha hecho. El dicho Diego García se partió de la dicha fortaleza para adonde estaban las naos; é luego al señor Capitán General le pareció sería bien enviar la carabela é con ella á Fernando Calderón, tesorero de S. M. y teniente del señor Capitán General, y á Rogel Bario, contador de S. M., para informar á S. M. del viaje que habíamos hecho y de !a gran riqueza de la tierra, los cuales llevan muy buenas muestras de oro y plata desta tierra, y no llevan más cantidad, porque, como tengo dicho, el señor (Capitán General no quiso resgatar por no dar á entender á los indios teníamos cudicia de su metal, que pues sabíamos de cierto lo había, no curásemos de los arroyos sino de la fuente; que, según donde habíamos allegado, á no nos venir el inconveniente que nos vino en la venida destotras naos, tuviéramos acabado nuestro viaje; porque dende á donde hicieron aquella traición á los nuestros que iban en el bergantín hasta la sierra, no había más de 20 leguas, y iban muy contino, como tengo dicho, mujeres y niños y viejos y traían mucha cuantidad del dicho metal; mas, esperanza en Nuestra Señora, pues que sabemos que lo hay, y el camino, si Dios vida nos dá, no puede ser sino que lo alcancemos; y verdad es que habrá alguna dilación más de la que pensábamos y nosotros querríamos; mas, esta no será más de hasta que de allá Su Majestad provea en lo quel señor Capitán General le envía á suplicar. Ahí van esos señores que arriba digo: son personas de mucho merecimiento y de quien en esta tierra he seído muy favorecido en todo lo que se ha ofrecido.



Suplico á Vuestra Merced si acaso aportaren á ese pueblo, se les haga toda la más cortesía que fuere posible, porque holgaría mucho hubiese Dios traído las cosas á tal estado que pudiesen recebir allá algún servicio para en pago de las muchas mercedes que yo acá he recebido, y hablará Vuestra Merced con el señor teniente, que se dice Hernando Calderón, ques natural de Madrid, el cual dará siempre aviso á Vuestra Merced de lo que se negocia para estas partes y de lo que se ha de proveer y en qué podría ser yo aprovechado y de lo que por esa vía supieren, corno por otra cualquiera, suplico á Vuestra Merced tenga mucha solicitud para si se hubiere de proveer algo para acá, lo haya yo antes que otro; y desto se podrán también informar de Francisco Bribiesca, ques uno que hace los negocios del secretario Samano, ques mucho mi señor, al cual darán esta carta que aquí va con éstas, y con esto podrá aprovechar mucho Villafranca, su yerno de Lope de Vertavillo, porqués mucho del secretario Juan de Samano, en quien va todo esto... froío) que escribo á Martín de Salinas haciéndole memoria de lo pasado; bien creo terna por bien de descargar su conciencia, y si diere poco ó mucho, tómese.



Mucho querría lo hiciese, porque dello se me enviasen ciertas cosas que por una memoria envío á pedir, de las cuales tengo mucha necesidad. Si lo diere, como digo, dello se podrá proveer, y si nó, suplico á Vuestra Merced me lo mande comprar y enviar conforme á la memoria que envío, por ser cosas muy necesarias en esta tierra para la salud y acrecentamiento de la vida, porque, por Dios, en estos viajes que por este río arriba habemos hecho, demás de la necesidad de la hambre, nos ha costreñido mucho la nescesidad de la ropa, y á mí más que á otro, á causa que, como á Vuestra Merced en ésta digo, en dos veces se me ha ido parte dello á la mar, la una cuando perdimos la nao, y la otra en este río cuando la canoa me hubiera de anegar, y lo poco que me quedó, con las muchas humidades deste río, se me ha acabado de pudrir, de manera que si...(roto) me falta habré de parecer á los indios en el vestido; y yo doy mi fe á Vuestra Merced [que] si no tuviese esperanza en Nuestra Señora de pagar esta merced, con las otras muchas que he recebido, con las setenas, no me atreviera á suplicarlo á Vuestra Merced si pensara dar más pasión á Vuestra Merced que, como digo, si Dios de acá me lleva, sino mucho descanso en descuento de las muchas pasiones que siempre les he dado; y si el señor Capitán General, como por ésta digo, hobiera dado lugar á ello, yo pensara tener agora qué enviar á Vuestra Merced, no solamente con qué me pudiera enviar lo que pido, sino muy más adelante; mas, jamás nunca nos dio Su Merced lugar á ello, por las causas que arriba digo. Y si á Vuestra Merced le pareciere mucho lo de la memoria, no tenga mucha pena de que venga, que después de tomar hombre lo que hubiere menester, de lo demás podrá hombre sacar el prencipal, bien largamente; y si á Vuestra Merced le pareciere y mandare conforme á mi memoria, puede enviar lo más que mandare, que yo le certifico sea la... (roto) buena y mejor que puede pensar: las cosas de mantenimiento han de sQ^...(roto) buenas, lo que Vuestra Merced me enviare venga sobre todo en muy buenas... Crí^/í?) estancas, que aunque sean harina ó quesos ó tocino, venga en vasijas.../^rí»/¿?^ vino y la ropa y resgates vengan en muy buena caja, porque d\...{roto) tado trac el provecho consigo, y en esto no quiero ser más \>...(roto) suplicar á Vuestra Merced con ojos de piedad como señor y padre xx\....(roto) recebidos ya pasados y á la poca obediencia que á sus rí\...(roto) tenido sino á la necesidad que tengo, lo cual es tanta que por Dios no sé cómo lo escriba.



Señor: Juanico está muy bueno y en servicio del señor Capitán General, del cual ha recibido muchas mercedes, y si Dios nos da vida y por él no queda, las recebirá.

El besa las manos á Vuestras Mercedes. Allá escribe á sus padres.


Señor: suplico á Vuestra Merced mande decir á la señora mi hermana Francisca Ramírez que yo la suelto la palabra que le traje para que haga lo que Vuestras Mercedes la mandaren, que Dios sabe si me quisiera yo hallar presente; mas que falta dar gracias á Dios por todo, que yo la prometo, llevándome Dios con bien, de cumplir lo que la prometí, y que la ruego yo me escriba y tenga especial cuidado, como me prometió, de rogar siempre á Dios por mí. Al señor Prior me encomiendo en sus oraciones y que le pido por merced no me olvide en ellas. Al señor García Cocón y á la señora su mujer beso las manos de sus mercedes con las de las señoras sus hijas y nietas, con todos los más que Vuestra Merced mandare. Así quedo en este puerto de San Salvador, ques en el Río de Solís, á diez días del mes de Julio de 1528 años.



El humilde y menor hijo que las manos de Vuestras Mercedes besa.


Luis Ramírez.